26/7/16

Samurai, Ternero


Dejemos esto claro, Ternero:

Yo no rompí tu nave por verte llorar. Es cierto que me da placer verte llorar cuando lloras porque quieres un bocadillo de nocilla y no puedes esperar a que me seque las manos, o cuando lloras porque te decimos que no existías cuando fuimos con Monito al Parque del Barco Pirata. Ni siquiera cuando, para consolarte, decimos que ibas en la barriga. Es cierto: tu boca cuadrada y tus ojos como dos rayitas en medio de esa cara colorada y redonda despiertan mis deseos caníbales y no puedo evitar achucharte.

Pero dejemos esto claro: no rompería tu nave tan sólo por verte llorar. Es porque te pregunté, desesperada, cómo se apagaba ese sonido como de despegar con ráfagas de ametralladora y explosiones, y me dijiste que sólo “hay que epedá”, y epedé, te lo juro, epedé mucho tiempo, varias lunas me pareció, y no lo soporté más. Cuando todos gritabais a la vez agitando las espadas sobre vuestras cabezas creí que un efecto así de dramático provocaría un silencio maravilloso. Ese silencio imaginado me cegó: por eso arrojé la nave contra la pared con aquella furia de samurai entonando en japonés.

¡Pero normalmente os morís de risa cuando hago de samurái!
No llores más, Ternero. abrázame.

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